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DON
BOSCO - Padre, Amigo, Maestro La
historia de nuestra Sociedad hay que situarla en un ignorado
pueblecito del norte de Italia llamado I
Becchi.
Digamos que nuestra historia
empezó con un sueño de Don Bosco a la edad de nueve años.
O, si se quiere, podríamos fijar el origen de nuestra Sociedad
en un inesperado encuentro, cara a cara, con un asustado pilluelo
de la calle, en la sacristía de una iglesia, un 8
de diciembre de 1841. Con todo, estos hechos históricos
difícilmente pueden explicar nuestra existencia como una "familia"
de unos 402.500 miembros extendidas por el mundo entero, al
servicio de los jóvenes. Con sentimientos de humilde gratitud,
creemos que la Sociedad de San Francisco de Sales no es sólo
fruto de una idea humana, sino de la iniciativa de Dios. (Fuente:
Const. Art. 1)
El
Señor nos ha dado a Don Bosco como padre y maestro.
Lo estudiamos e imitamos admirando en él una espléndida armonía
entre naturaleza y gracia. Profundamente humano y rico en
las virtudes de su pueblo, estaba abierto a las realidades
terrenas; profundamente hombre de Dios y lleno de los dones
del Espíritu Santo, vivía como si viera al Invisible! Ambos
aspectos se fusionaron en un proyecto de vida fuertemente
unitario: el servicio a los jóvenes. Lo realizó con firmeza
y constancia, entre obstáculos y fatigas, con la sensibilidad
de un corazón generoso: No dio un paso, ni pronunció palabra,
ni acometió empresa que no tuviera por objeto la salvación
de la juventud. Lo único que realmente le interesó fueron
las almas.(Miguel Rua) (Const. Art. 21)
| Juanito
Bosco
nació el 16 de agosto de 1815, en
un pequeño caserío de Castelnuovo D’Asti, en el Piamonte,
llamado popularmente “I Becchi”. Siendo todavía niño,
la muerte de su padre le hizo experimentar el dolor de
tantos pobres huerfanitos de los que se hará padre cariñoso.
Pero encontró en su madre Margarita un ejemplo de vida
cristiana que incidió profundamente en su ánimo. |
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| A los nueve años tuvo un sueño
profético: le pareció estar en medio de una
multitud de muchachos entregados a sus juegos, pero algunos
de ellos blasfemaban. Rápidamente Juanito se arrojó sobre
los que blasfemaban, con sus puños y a patadas para hacerlos
callar; pero he aquí que se presenta un Personaje que
le dice: “No con golpes, sino con la mansedumbre y con
la caridad deberás ganarte a estos tus amigos.. Yo te
daré la Maestra bajo cuya disciplina llegarás a ser sabio;
y sin la cual, toda sabiduría se convierte en necedad”. |
El Personaje era Jesús y
la Maestra María Santísima, a cuya guía se abandonó toda la
vida y la honró con el título de “Auxiliadora de los cristianos”.
Así fue como Juan quiso aprender a ser saltimbanqui, prestidigitador,
cantor, titiritero, para poder atraerse a los compañeros y
mantenerlos alejados del pecado.
“Si
están conmigo - decía a su mamá - no hablan mal”.
Queriendo ser sacerdote
para dedicarse enteramente a la salvación de los niños, mientras
trabajaba de día, pasaba las noches sobre los libros, hasta
que, a la edad de veinte años, pudo entrar en el Seminario
de Chieri y ser ordenado Sacerdote en Turín en 1841, a los
26 años.
En aquellos tiempos, Turín
estaba llena de muchachos pobres en busca de trabajo, huérfanos
o abandonados, expuestos a muchos peligros para el alma y
para el cuerpo. Don Bosco comenzó a reunirlos los Domingos,
ya en una iglesia, ya en un prado, ya en una plaza, para hacerlos
jugar e instruirlos en el Catecismo, hasta que, después de
cinco años de enormes dificultades, logró establecerse en
el barrio periférico de Valdocco y abrir su primer Oratorio.
En él, los muchachos encontraban comida y alojamiento, estudiaban
o aprendían un oficio; pero, sobre todo aprendían a amar al
Señor.
Santo
Domingo Savio era uno de ellos. Don Bosco era
muy querido por sus “pilluelos” (así los llamaba él) hasta
lo inverosímil. A quien le preguntaba el secreto de tanto
ascendiente sobre ellos, respondía: “Con
la bondad y el amor trato de ganar para el Señor a estos mis
amigos”. Por ellos sacrificó todo el poco dinero
que poseía, su tiempo, su ingenio que era capaz de todo, su
salud. Con ellos se hizo santo. Para ellos fundó la Congregación
Salesiana, formada por sacerdotes y laicos que quieren continuar
su obra y a la que señaló como “fin principal el sostener
y defender la autoridad del Papa”.
Queriendo extender su apostolado
también a las muchachas, fundó con Santa
María Dominica Mazzarello la Congregación
de las Hijas de María Auxiliadora.
Los Salesianos y las Hijas
de María Auxiliadora se extendieron por todo el mundo al servicio
de los jóvenes, de los pobres y de los que sufren, con escuelas
de todo género y grado, institutos técnicos y profesionales,
hospitales, dispensarios, oratorios y parroquias.
Dedicó todo su tiempo libre,
que muchas veces lo robaba al sueño, para escribir y divulgar
opúsculos fáciles para la instrucción cristiana del pueblo.
Fue, además de hombre de caridad muy activa, un místico entre
los más grandes. Toda su obra tuvo su origen y fuente en la
íntima unión con Dios, que desde joven cultivó cuidadosamente
y se desarrolló en el abandono filial y fiel al designio que
Dios había predispuesto para él, guiado paso a paso por María
Santísima, que fue la Inspiradora y la Guía de todas sus empresas.
Pero su perfecta unión
con Dios estuvo, acaso como en pocos Santos, unida a una humanidad
entre las más ricas por bondad, por inteligencia y por equilibrio,
a lo cual hay que añadir el valor de un conocimiento excepcional
del alma humana, madurado en las largas horas transcurridas
diariamente en el ministerio de las confesiones, en la adoración
al Santísimo Sacramento y en el continuo contacto con los
jóvenes y con personas de toda edad y condición.
Don Bosco formó generaciones
de santos porque recordaba a sus jóvenes el amor de Dios,
la realidad de la muerte, del juicio de Dios, del infierno
eterno; la necesidad de rezar, de evitar el pecado y las ocasiones
que conducen a pecar y de acercarse frecuentemente a los Sacramentos.
“Queridos míos, yo os amo con todo mi corazón y basta que
seáis jóvenes para que yo os ame muchísimo”.
Amaba de tal modo que cada
uno pensaba que él era su predilecto. “Encontraréis escritores
mucho más virtuosos y doctos que yo; pero difícilmente podréis
encontrar alguien que os ame más en Jesucristo y más desee
vuestra verdadera felicidad”. Agotado en sus fuerzas por el
trabajo incesante, enfermó gravemente. Particularmente conmovedor:
muchos jóvenes ofrecieron al Señor la propia vida por él.
“... Lo que he hecho, lo he hecho por el Señor... Se habría
podido hacer más... Pero lo harán mis hijos... Nuestra Congregación
es conducida por Dios y protegida por María Auxiliadora”.
Una de sus recomendaciones fue ésta: “Decid a los jóvenes
que los espero en el Paraíso...”.
El 31 de enero de
1888 expiraba en su pobre habitación en Valdocco,
a la edad de 72 años.
El 1 de abril de
1934, Pío XI, que tuvo la dicha de conocerlo personalmente,
lo proclamó Santo.
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